miércoles, 30 de abril de 2025

Reencarnación

 

REENCARNACIÓN

 

Había una vez o ahora (no sé bien) en un mundo que era otro o este (no sé bien) un ser que era hombre o no (no sé bien), y que tenía cualidades extrañas o no tanto, (no sé bien). Lo que sí sé es que estas cualidades lo convertían en un ser capaz de nacer y morir muchas veces. O lo que es mejor decir, tenía el privilegio o la desdicha (no sé bien) de vivir numerosas vidas.

 

I

 

La primera vez que nació, creció en el seno de un grupo tranquilo, tal vez demasiado sosegado. Y así desarrolló un temperamento apacible, por demás sereno. Su misión fue reposar todo lo que duró su aburrida existencia sin intervenir en el mundo para nada.

     Cuando murió tuvo un final calmo, como no podía ser de otro modo, rodeado de parientes y conocidos que lo apreciaban, pero en quienes no había despertado ninguna emoción singular, nada tenían para agradecerle, nada tenían para reprocharle. En su lápida escribieron: “Aquí yace un ser que fue como la aspirina, no hizo ni bien ni mal”

 

II

 

El próximo alumbramiento no se hizo esperar demasiado. Cuando abrió nuevamente los ojos a la vida, había olvidado por completo su existencia anterior. Le tocaron unos progenitores egoístas y faltos de afecto que no lo trataban bien: discutían, lo descuidaban, le imponían penitencias absurdas. Hasta que un buen día se separaron y el pobre ser, aún en su etapa de germinación, quedó indefenso y a la deriva. De adulto fue tímido, poco comunicativo, muy introvertido. Casi no tenía amigos, tampoco pudo formar su propio grupo. Cuando murió, solo y en un geriátrico, lo velaron los nonos internos y las enfermeras del lugar. En su tumba no pusieron ninguna inscripción, pero la dueña del Hogar se acercó al féretro con un dejo de beneplácito en su rostro, en el que se podía leer: “por fin uno menos que espute por los rincones.”

 

III

 

En su tercera venida a esta dimensión vivió como un rey en un bello palacete, rodeado de lujo, prestigio y poder. Todos los seres de la comarca le obedecían y él se autoproclamó dueño absoluto de aquellas almas. Lejos de desarrollar sentimientos de altruismo y misericordia para con sus semejantes, ordenó contra ellos todo tipo de atrocidades cual verdugo cínico e inmune a los pedidos de clemencia de sus víctimas. Pero cuando le llegó a él su momento de abandonar el cuerpo, fue a manos de un bárbaro tan poderoso, sanguinario y atroz que ninguna imaginación podía haber abarcado nunca jamás. Y en el mármol se mandó grabar la frase que luego sería tan famosa: “A rey muerto, rey puesto”.

 

IV

 

Luego de esta muerte, el extraño ser anduvo divagando por el limbo un tiempo que representó más o menos trescientos millones de años. Hasta que un día volvió convertido en un narcotraficante inmiscuido en asuntos oscuros. Había perdido la cuenta del dinero y también de los enemigos ganados. Millares de jóvenes morían a causa de la droga con la que conquistaba sus corazones vulnerables. Sin embargo, del señor narco nadie podía decir que no era un señor, pues en cada lugar donde plantó el veneno, abrió un centro de rehabilitación donde se ofrecía (a no muy bajo costo) el antídoto. Este ser despreciable, a su muerte (que fue a causa de una infección horrible generalizada), dejó como lección a aprender aquello de que “cada uno cosecha lo que siembra”, enunciado que quedó prolijamente tallado en su sepulcro.

 

V

 

Finalmente, aunque esta vez tuvo que transitar un billón de años por el espacio sideral acompañado de monstruos de dos cabezas e infinidad de ojos, regresó a la vida trayendo amor y bendiciones para compartir con sus hermanos. Fue un gran misionero: austero, servicial, compasivo. Convivió con las tribus que aún quedaban en medio de la selva, peleando por sus derechos a conservar las tierras. También se encontró ayudando a los heridos de una gran guerra que se desató por aquella época. Cuando este buen ser completó su ciclo vital, lo despidieron como a un santo, lo lloraron y lo extrañaron. Esta vez el final había sido a una edad avanzada y se fue con una expresión de paz en el rostro. En su tumba reza el pensamiento “sirve para vivir quien vive para servir”, pensamiento que se instauró desde entonces como un sello de distinción.

 

VI

 

Cuando creía que ya no hacía falta encarnar nuevamente, sino quedar para siempre en estado de espíritu puro y ser guía de otros espíritus que aún estaban aprendiendo algunas lecciones, una voz que salió de su interior se hizo escuchar con gran fuerza y casi resonó como una orden…

-¡Debes regresar a la tierra!

-Ya he aprendido todo lo que necesitaba para conocerme a mí mismo… ¿Por qué volver?, susurró la voz aprendiz a la voz maestra.

 -Regresarás porque aún tienes que aprender quienes son los otros, susurró la voz maestra.

-¿Y cuál sería mi nueva misión?, preguntó el ser algo desconcertado.

-Les llevarás algo fundamental que les dará aliento siempre.

-¿Qué?

-Oxígeno.

-Ah…

-Y también los librarás del dióxido de carbono que desalienta, contamina y asfixia. Sólo que para cumplir esta misión serás una multitud de árboles esparcidos por todos los rincones del planeta. Tu destino sería vivir para siempre pero el humano te destruirá y así YO tomaré la tarea de reconstruir la tierra, y en el tiempo que me lleve hacerlo, colocaré un cartel sobre su faz que dirá: “La tierra prometida se está gestando una vez más. Espero que esta vez aprendas a cuidarla”.

 

APOSTILLA: Como la pérdida fue total, esta vez mi trabajo no se puede limitar a siete días. El tiempo que demore en la restauración será proporcional al que utilizaste en arruinarla.

 

Silvana María Mandrille

 

Mención Nacional Género Cuento

22º Certamen Literario Nacional y Países de América del Sur 2024

Premio: “Sra. Nilda Aurelia Hernández”

Los Toldos (Bs. As.), abril de 2025




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