REENCARNACIÓN
Había
una vez o ahora (no sé bien) en un mundo que era otro o este (no sé bien) un
ser que era hombre o no (no sé bien), y que tenía cualidades extrañas o no
tanto, (no sé bien). Lo que sí sé es que estas cualidades lo convertían en un
ser capaz de nacer y morir muchas veces. O lo que es mejor decir, tenía el
privilegio o la desdicha (no sé bien) de vivir numerosas vidas.
I
La
primera vez que nació, creció en el seno de un grupo tranquilo, tal vez
demasiado sosegado. Y así desarrolló un temperamento apacible, por demás
sereno. Su misión fue reposar todo lo que duró su aburrida existencia sin
intervenir en el mundo para nada.
Cuando murió tuvo un final calmo, como no
podía ser de otro modo, rodeado de parientes y conocidos que lo apreciaban,
pero en quienes no había despertado ninguna emoción singular, nada tenían para
agradecerle, nada tenían para reprocharle. En su lápida escribieron: “Aquí yace un ser que fue como la aspirina,
no hizo ni bien ni mal”
II
El
próximo alumbramiento no se hizo esperar demasiado. Cuando abrió nuevamente los
ojos a la vida, había olvidado por completo su existencia anterior. Le tocaron
unos progenitores egoístas y faltos de afecto que no lo trataban bien:
discutían, lo descuidaban, le imponían penitencias absurdas. Hasta que un buen
día se separaron y el pobre ser, aún en su etapa de germinación, quedó
indefenso y a la deriva. De adulto fue tímido, poco comunicativo, muy
introvertido. Casi no tenía amigos, tampoco pudo formar su propio grupo. Cuando
murió, solo y en un geriátrico, lo velaron los nonos internos y las enfermeras
del lugar. En su tumba no pusieron ninguna inscripción, pero la dueña del Hogar
se acercó al féretro con un dejo de beneplácito en su rostro, en el que se
podía leer: “por fin uno menos que
espute por los rincones.”
III
En
su tercera venida a esta dimensión vivió como un rey en un bello palacete,
rodeado de lujo, prestigio y poder. Todos los seres de la comarca le obedecían
y él se autoproclamó dueño absoluto de aquellas almas. Lejos de desarrollar
sentimientos de altruismo y misericordia para con sus semejantes, ordenó contra
ellos todo tipo de atrocidades cual verdugo cínico e inmune a los pedidos de
clemencia de sus víctimas. Pero cuando le llegó a él su momento de abandonar el
cuerpo, fue a manos de un bárbaro tan poderoso, sanguinario y atroz que ninguna
imaginación podía haber abarcado nunca jamás. Y en el mármol se mandó grabar la
frase que luego sería tan famosa: “A rey
muerto, rey puesto”.
IV
Luego
de esta muerte, el extraño ser anduvo divagando por el limbo un tiempo que
representó más o menos trescientos millones de años. Hasta que un día volvió
convertido en un narcotraficante inmiscuido en asuntos oscuros. Había perdido
la cuenta del dinero y también de los enemigos ganados. Millares de jóvenes
morían a causa de la droga con la que conquistaba sus corazones vulnerables.
Sin embargo, del señor narco nadie podía decir que no era un señor, pues en
cada lugar donde plantó el veneno, abrió un centro de rehabilitación donde se
ofrecía (a no muy bajo costo) el antídoto. Este ser despreciable, a su muerte
(que fue a causa de una infección horrible generalizada), dejó como lección a
aprender aquello de que “cada uno
cosecha lo que siembra”, enunciado que quedó prolijamente tallado en su
sepulcro.
V
Finalmente,
aunque esta vez tuvo que transitar un billón de años por el espacio sideral
acompañado de monstruos de dos cabezas e infinidad de ojos, regresó a la vida
trayendo amor y bendiciones para compartir con sus hermanos. Fue un gran
misionero: austero, servicial, compasivo. Convivió con las tribus que aún
quedaban en medio de la selva, peleando por sus derechos a conservar las
tierras. También se encontró ayudando a los heridos de una gran guerra que se
desató por aquella época. Cuando este buen ser completó su ciclo vital, lo
despidieron como a un santo, lo lloraron y lo extrañaron. Esta vez el final
había sido a una edad avanzada y se fue con una expresión de paz en el rostro.
En su tumba reza el pensamiento “sirve
para vivir quien vive para servir”, pensamiento que se instauró desde
entonces como un sello de distinción.
VI
Cuando
creía que ya no hacía falta encarnar nuevamente, sino quedar para siempre en
estado de espíritu puro y ser guía de otros espíritus que aún estaban
aprendiendo algunas lecciones, una voz que salió de su interior se hizo
escuchar con gran fuerza y casi resonó como una orden…
-¡Debes
regresar a la tierra!
-Ya
he aprendido todo lo que necesitaba para conocerme a mí mismo… ¿Por qué
volver?, susurró la voz aprendiz a la voz maestra.
-Regresarás porque aún tienes que aprender
quienes son los otros, susurró la voz maestra.
-¿Y
cuál sería mi nueva misión?, preguntó el ser algo desconcertado.
-Les
llevarás algo fundamental que les dará aliento siempre.
-¿Qué?
-Oxígeno.
-Ah…
-Y
también los librarás del dióxido de carbono que desalienta, contamina y
asfixia. Sólo que para cumplir esta misión serás una multitud de árboles
esparcidos por todos los rincones del planeta. Tu destino sería vivir para
siempre pero el humano te destruirá y así YO tomaré la tarea de reconstruir la
tierra, y en el tiempo que me lleve hacerlo, colocaré un cartel sobre su faz
que dirá: “La tierra prometida se está
gestando una vez más. Espero que
esta vez aprendas a cuidarla”.
APOSTILLA:
Como la pérdida fue total, esta vez mi trabajo no se puede limitar a siete
días. El tiempo que demore en la restauración será proporcional al que
utilizaste en arruinarla.
Silvana María Mandrille
Mención
Nacional Género Cuento
22º
Certamen Literario Nacional y Países de América del Sur 2024
Premio: “Sra.
Nilda Aurelia Hernández”
Los
Toldos (Bs. As.), abril de 2025